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Notas sobre "Susan"
¿Si Susan Sontag hubiese revelado que era lesbiana, habría sido tan famosa? Lo dudo.
Por Michael Bronsky


¿Por qué se ocultó Susan Sontag?

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23 FEBRERO 2005. Si su única fuente de información sobre la vida de Susan Sontag fueron los obituarios publicados a raíz de su muerte de leucemia, en diciembre pasado, usted no sabrá que la famosa escritora estadounidense tuvo una serie de relaciones íntimas, sexuales, con mujeres.

Tampoco sabrá que Susan Sontag, que una vez reveló públicamente que se había hecho un aborto, rehusó enfáticamente hablar en público sobre su sexualidad. "Yo no hablo sobre mi vida erótica, igual que no hablo sobre mi vida espiritual", dijo en una ocasión. "Es demasiada compleja y siempre acaba por sonar tan banal".

El obituario publicado en la primera plana del New York Times al día siguiente de su muerte es un ejemplo típico. El texto, de casi 4,000 palabras, deja la impresión de que la única relación emocional y sexual importante que en sus 71 años de vida tuvo Susan Sontag, una figura internacionalmente conocida por más de cuatro décadas, fue con Philip Rieff, con quien se casó a los 17 años, poco después de haberlo conocido en la Universidad de Chicago, donde Rieff, once años mayor que ella, era profesor auxiliar. El obituario omite totalmente la relación estrecha que Susan Sontag sostuvo durante 20 años con la fotógrafa Annie Leibovitz.

La redactora del obituario del Times, Margalit Fox, sí mencionó de paso que "Annie Leibovitz fotografió a Susan Sontag para un anuncio de Vodka Absolut". Al día siguiente, el cronista de sociedad del New York Daily News, Ben Widdicombe, comentó socarronamente en su columna: "ése es el mejor eufemismo de "lesbiana" que he escuchado en toda mi vida".

El 5 de enero, el Redactor Público del New York Times, Daniel Okrent, respondió en el periódico a las "críticas y preguntas" de los lectores acerca de la omisión de Annie Leibovitz del obituario de la Sontag. Okrent aseguró que el Times "no pudo encontrar ninguna fuente fidedigna que pudiese confirmar detalle alguno acerca de una relación" entre ambas. Y concluyó así: "Habrá quien diga que hubiese bastado utilizar una frase veraz pero cautelosa, como, por ejemplo, "La Sa. Sontag sostuvo una larga relación con Annie Leibovitz", pero yo creo que algo así no sólo habría tenido el aroma del eufemismo, sino que también habría parecido malicioso o falsamente pudoroso. Además, independientemente de los detalles de esta situación específica, vale preguntarse si la información íntima sobre la vida privada de gente que quiere mantener privada su vida es un tema legítimo para la prensa. Yo, personalmente, espero que no sea así".

Mmmm. ¿Se perdió Okrent, de algún modo, los reportajes del New York Times sobre la relación entre el Presidente Clinton y Mónica Lewinsky? En todo caso, el New York Times no fue el único periódico que "enclosetó" póstumamente a Susan Sontag. Casi todos los principales periódicos de Estados Unidos y otras partes hicieron lo mismo.

El Boston Globe pasó por alto tanto la sexualidad de Sontag como su relación con Annie Leibovitz. Lo mismo hizo el diario londinense The Independent, aunque éste observó en su obituario que, cuando era treintañera , "Sontag se convirtió en el epítome de la nueva mujer, sexualmente provocativa y plenamente segura de sí misma, que trata a los hombres o bien como iguales que puede dominar o como seres inferiores que no merecen su atención". El obituario en el también londinense The Telegraph dió cuenta de la disputa entre Sontag y la crítica cultural estadounidense Camille Paglia, la cual es públicamente lesbiana, pero, cosa extraña, no dijo que ésta criticó a viva voz a Susan Sontag por rehusar salir del closet.

El obituario en el diario londinense The Guardian se atrevió a aludir al lesbianismo de Susan Sontag: ""Sobre el Estilo", un ensayo que apareció en su primer libro del mismo nombre, y también "Notas sobre el "camp"", establecieron una economía de la cultura que era moral sin ser moralista e iniciaron un desplazamiento radical de la heterosexualidad. Fue una sensibilidad gay la que ella interpretó y la que determinó su reacción ante las artes visuales. Esa sensibilidad gay fue también el foco central de su vida emocional".

La Prensa Asociada describió a Annie Leibovitz como la "compañera de larga data" de Susan Sontag, pero lo hizo sólo en el contexto de señalar que ésta había escrito un ensayo para Mujeres, el libro de fotografías que Leibovitz publicó en 1999.

El New York Sun fue el único de los periódicos principales que abordó el tema en su obituario: "Sontag se divorció de Rieff en 1959, en parte porque descubrió que le atraían las mujeres y quería vivir libre de todo lazo marital o institucional". El obituario del Sun lo escribió Carl Rollyson, autor, con Lisa Paddock, de la biografía no autorizada, Susan Sontag: la creación de un ícono, publicada en el 2000. La revista People también abordó la cuestión poco después al mencionar que "las relaciones íntimas de la Sontag con varias mujeres suscitaron conjeturas".

La prensa gay no se comportó mucho mejor. En un breve obituario publicado en su edición en línea el día en que Susan Sontag murió, The Advocate se refiere a Annie Leibovitz como la "compañera de larga data" de aquélla, pero se apresura a subrayar que fue la revista Time la primera en decirlo. Bay Windows mencionó la ambigüedad que rodeó a la sexualidad de la Sontag. Sin embargo, sólo Steve Kobal, en una nota publicada en el blog del New York Blade, se preguntó cómo es que se había podido "borrar lo gay del obituario de una famosa crítica social gay (o bisexual)".

La respuesta es obvia. La prensa principal, por un sentido equivocado del decoro, a menudo no habla de la vida sentimental homosexual de ciertas figuras públicas muy apreciadas y, sencillamente, cierra los ojos ante lo obvio. Esto ocurre, en particular, cuando la figura pública en cuestión se muestra reticente respecto de algún aspecto de su vida privada. Y Susan Sontag protegió ferozmente la privacidad de su vida sentimental. En su obituario en The Guardian, Eric Homberger señaló que "aunque Nueva York rebosaba de chismes sobre sus amoríos, sus ex amoríos y su próximo libro, no se podía decir que uno conocía a la Sontag".

Widdicombe, el cronista social del Daily News, se molestó en llamar al New York Times para preguntar por qué no habían mencionado en su obituario la relación de la Sontag con Annie Leibovitz. Le respondieron lo siguiente: "En el curso del amplio reportaje que realizamos en las últimas semanas no pudimos verificar la noción generalizada de que la relación entre la Srta. Sontag y la Srta. Leibovitz hubiese sido algo más que una amistad ... Quizá deberíamos haber mencionado esa amistad, pero nada más se justificaba mencionar en vista de la información que pudimos obtener".

Por su parte, Annie Leibovitz negó una vez, clara y públicamente, que hubiese más que una amistad entre ella y Susan Sontag. Fue en 1999, en una entrevista publicitaria con Paula Spann, del Washington Post, con motivo de la publicación de Mujeres. La Leibovitz dijo que Susan Sontag era su "gran amiga" y le advirtió a su entrevistadora: "si usted dice que ella es otra cosa, se equivoca". Paula Spann subrayó cuidadosamente en su entrevista que la Sontag y la Leibovitz vivían "en apartamentos separados en el mismo complejo de viviendas de Chelsea", en Nueva York.

El otro factor que ha facilitado que se "borre lo gay" póstumamente de Susan Sontag, es la absurda prueba de actividad sexual que nuestra cultura y nuestros medios de comunicación exigen de las relaciones homosexuales entre mujeres. Como señala Blanche Wiesen Cook en su formidable ensayo "Sólo las mujeres estimulan mi imaginación", se han hecho esfuerzos enormes por negar que hubo relación física alguna entre parejas de mujeres tales como la de Virginia Woolf y Vita Sackville-West, mientras que tal intimidad se da por sentado entre parejas heterosexuales tales como la del General Eisenhower y Kay Summersby, su chofer y "compañera" durante la segunda guerra mundial.

Es esa mentalidad la que supone que la ultrapública relación entre Susan Sontag y Annie Leibovitz fue asexual, mientras que entiende, y acepta, que la igualmente pública relación entre el ex alcalde de Nueva York Rudy Giuliany y Judy Nathan incluía la intimidad sexual, o incluso estaba basada en ella. El lesbianismo es generalmente invisible y el radar cultural no lo registra a no ser que se declare francamente y a voz en cuello. Es por eso que, aunque ni a Susan Sontag ni a Annie Lebovitz se la vinculó nunca sentimentalmente con ningún hombre, aunque pasasen juntas una cantidad de tiempo descomunal, tanto en actividades sociales como de trabajo, aunque viviesen una al lado de la otra y aunque se rumorase desde hacía 20 años que eran amantes, el New York Times no pudo "verificar" la existencia de una relación entre ambas.

Que los medios de comunicación informen de manera falsa o errónea (o, mejor aún, insuficiente), no es nada nuevo. Lo más interesante de este caso es la propia Susan Sontag. Sabemos que era una mujer que disfrutaba de las relaciones íntimas y sexuales con otras mujeres. Su amigo Doug Ireland recuerda, en un "blog" publicado el día de su muerte: "Ella y yo conversamos a menudo sobre la sexualidad: ella era muy divertida cuando contaba sus propias aventuras amorosas con otras mujeres". En vista de esto y de su feminismo, su postura política progresista y su dedicación a los derechos humanos, ¿qué significado tiene la negativa de Susan Sontag a identificarse públicamente como lesbiana?

Una respuesta posible, incluso obvia, es que el quedarse en el closet benefició a su carrera. La gente no escoge quedarse en el closet por capricho o humor. La homofobia existe y cuándo la gente sale del closet a menudo es castigada, de muchas maneras diferentes. Incluso cuando no se les castiga duramente, es importante recordar que la sociedad siempre recompensa a quienes deciden permanecer en el closet. Hay poca duda de que, si hubiese declarado su lesbianismo públicamente, Susan Sontag y sus ideas habrían sido atacadas o, por lo menos, sometidas a un examen de un nivel e índole muy diferentes.

Desde mediados de la década de 1960, Sontag venía opinando sobre política nacional e internacional, además de sobre arte y literatura. Fue una crítica vehemente y extraordinariamente elocuente de una amplia gama de políticas estadounidenses, incluidas la guerra de Vietnam, las intervenciones militares en Centroamérica y la supresión de la libertad de expresión. Su eminencia la convirtió en blanco frecuente de la ira de conservadores y derechistas. Cuando publicó en el semanario The New Yorker su artículo sobre el 11 de septiembre, se la tachó hasta de "quintacolumnista" y de "traidora".

No hay duda de que, de haber estado Susan Sontag fuera del closet, muchos de los ataques en su contra de las últimas cuatro décadas hubiesen tenido un matiz violentamente homofóbico. No hay que olvidar, por ejemplo, que en las décadas de 1980 y 1990, Commentary, la entonces influyente revista mensual que sentaba el tono en la esfera cultural y política, publicó una serie de artículos infames en los que se acusaba a los homosexuales de cuanto hay, incluso de destruir la cultura occidental y hasta facilitar el avance mundial del comunismo.

Los artículos más notorios de esa serie los firmaron los monarcas reinantes de la intelectualidad neoconservadora neoyorquina, Midge Decter y Norman Podhoretz. En "Chicos en la playa", publicada en el número de septiembre de 1980, la Decter acusó al movimiento gay de contribuir a la muerte de los hombres gay. En "De cómo el movimiento de derechos gays ganó", que publicó en noviembre de 1996, Podhoretz lanzó una jeremíada cuasi histérica en contra de la igualdad y la visibilidad gays en casi todos sus aspectos. Esos ataques fueron, sencillamente, reacciones ante el movimiento gay. Pero si Susan Sontag hubiese estado fuera del closet, seguramente se habría visto arrastrada a las aguas fecales de Commentary y su lesbianismo se habría utilizado para desacreditar sus opiniones sobre cualquier tema, fuese política exterior o cinematografía contemporánea.

Sin embargo, si Susan Sontag no pudo salir del closet en 1969 a raíz de los disturbios de Stonewall, ¿acaso no podría haberlo hecho en la década de 1970, cuando el feminismo se volvió socialmente aceptable? ¿Acaso no podría haber salido del closet en la década de 1980, cuando el SIDA destruyó a toda una generación de hombres gay, un tema que ella abordó de manera tan conmovedora en su cuento corto "La manera en que vivimos hoy" y en su libro El SIDA y sus metáforas? ¿Acaso no podría haber salido del closet en la década de 1990, cuando el carácter de sus relaciones con otras mujeres se convirtió en un secreto a voces (conocido de todo el mundo, excepto de los intrépidos reporteros del New York Times)? Por supuesto que habría podido haberlo hecho. Pero no lo hizo. Susan Sontag, una mujer que siempre tomó todas sus decisiones de manera muy seria y deliberada, evidentemente decidió no salir del closet.

Esto plantea varios problemas complejos. ¿Qué significado tiene el que alguien, como lo hizo Susan Sontag, se asigne el papel de árbitro moral que investiga las intersecciones entre acto público y responsabilidad personal, mientras que, a la vez, evita discutir sus propias cuestiones vitales, personales?

En la mayoría de sus escritos políticos, Sontag explica cómo las estructuras institucionalizadas del poder–el racismo, el colonialismo, la violencia promovida por el estado–perjudican tanto a las personas como a los países. O sea, no es que Susan Sontag no entendiese cómo funciona la homofobia.

Es interesante que Sontag, que jamás se refirió públicamente a su vida sexual o sentimental, abordase tan pocas veces cuestiones explícitamente relacionadas con la liberación de la mujer, pese a su aparente feminismo. Raras veces, además, abordó tema alguno a partir de su identidad judía.

No hay duda de que Susan Sontag sabía lo que era vivir como lesbiana, como mujer y como judía. En esencia, cuando llegó a Nueva York, como dice el New York Times, con "$70, dos maletas y un niño de 7 años", Susan Sontag tomó la decisión de convertirse en one of the boys, en un miembro de la elite masculina. La decisión de triunfar en el mundo de los hombres y a la manera de los hombres.

Decir que tuvo éxito es poco. Susan Sontag se las arregló para convertirse en una intelectual pública en un país profundamente anti-intelectual. Es por eso que, a diferencia de la mayoría de los países europeos, Estados Unidos ha producido tan pocas mujeres y tan pocos hombres que hayan sido aceptados, mucho menos elogiados, como formadores del pensamiento nacional y participantes en los grandes debates públicos, intelectuales como Simone de Beauvoir, Rebecca West, Günter Grass, Christa Wolf, Jean-Paul Sartre, C.P. Snow o Michel Foucault. ¿Hubiese llegado a ser la Sontag el equivalente estadounidense de esos pensadores, como llegó a serlo, si hubiese revelado que era lesbiana? Lo dudo.

Susan Sontag debe haber estado muy consciente de su precaria posición en la cultura estadounidense. Pese al éxito que logró, en muchos de sus obituarios se nota todavía el resentimiento que suscitaba. El que cambió de parecer sobre muchas cuestiones, tanto en arte como en política, se utilizó como prueba de que no era consecuente en sus análisis. Por ejemplo, en 1965 elogió a Leni Riefenstahl por su cinematografía, pese a su política fascista ("Sobre el estilo") y en 1975 la atacó por ser fascista precisamente en su arte ("Fascismo fascinante"). En 2003 modificó en Ante el dolor de los demás algunas de las opiniones que había vertido en 1975 en Sobre la fotografía. Sus obituarios parecen sugerir que esas contradicciones eran indicio de falta de seriedad intelectual o de pensamiento poco riguroso. Eso es ridículo. La esencia misma del pensador, del intelectual, es el examen y análisis continuos, precisamente de aquellas cuestiones sobre las que ha llegado a una conclusión.

Susan Sontag sabía que su extensa gama de intereses, así como su postura como moralista seria, la hacía vulnerable a los ataques. En "Sobre Paul Goodman", su elogio con motivo de la muerte, en 1972, de aquel gran intelectual público, hoy casi olvidado, Sontag señaló: "Hay un resentimiento terrible y mezquino en Estados Unidos hacia el escritor que trate de hacer muchas cosas". En ese mismo ensayo aparece este pasaje revelador: "Admiré su valor, que demostró de tantas maneras: una de las más admirables fue su honestidad sobre su homosexualidad en Cinco Años, que le valió tantas críticas de parte de sus amigos heterosexuales en el mundo intelectual neoyorquino; eso fue hace seis años, antes de que el inicio de la Liberación Gay hiciese chic el salir del closet".

Aquí, en sus propias palabras, Sontag demuestra una clara comprensión de los problemas que enfrenta la gente cuando sale del closet; a la vez, subestima esos problemas enormemente: la carrera de Goodman sufrió a causa de su presentación pública de la homosexualidad desde fines de la década de 1940, cuando sus intereses sexuales se hicieron evidentes en su obra. Aún más reveladora es la decisión de Susan Sontag de escribir, de manera despectiva, que el movimiento gay había convertido el "salir del closet" en algo chic. En medio de su admiración y simpatía por Goodman, Sontag exhibe aquí también un malentendido profundo — y, vale pensar, intencionado — acerca de las serias consecuencias de salir del closet. Es algo frustrante.

Hay mucho que admirar en el pensamiento y los escritos de Susan Sontag, por ejemplo, el valor del que dio muestra en su artículo en The New Yorker después de los ataques del 11 de septiembre, uno de los primeros en publicarse que aportaron una muy necesaria visión objetiva de la cuestión, así como en su reciente artículo en el New York Times sobre la tortura en las prisiones de Iraq. Sin embargo, su negativa de abordar su propia vida de mujer que amaba a otras mujeres y de conectarla al mundo que la rodeaba es asombrosa.

En un ensayo reciente, "Sobre el valor, la verdad y la resistencia", publicado en la antología Luchando con Sión: reacciones progresistas judío-estadounidenses al conflicto israelo-palestino, Sontag escribe de manera conmovedora sobre quienes resisten ante la injusticia:

"Empecemos con los riesgos. El riesgo de ser castigado. El riesgo de ser aislado. El riesgo de ser herido o muerto. El riesgo de que lo ridiculicen a uno. Todos somos reclutas en un sentido u otro. A todos nos cuesta trabajo romper filas, incurrir en la desaprobación, la censura, la violencia de una mayoría ofendida cuya idea de la lealtad es diferente a la nuestra. Nos refugiamos bajo los estandartes verbales de la justicia, la paz y reconciliación, que nos alistan en nuevas comunidades de gente de igual parecer, comunidades éstas mucho más pequeñas y relativamente impotentes. Romper filas con nuestra tribu, salir de esa tribu hacia un mundo que es más amplio mentalmente, pero más pequeño numéricamente, es un proceso complejo y difícil para quienes no ven la alienación y la disidencia como una postura habitual o satisfactoria".

Nunca sabremos si Susan Sontag estaba pensando en su sexualidad cuando escribió esas palabras. Pero bien podía haberlo estado. Lo que sí sabemos es que, en los muchos recuerdos de su vida que se han publicado desde que murió en diciembre, los medios de comunicación han perdido una oportunidad singular de lidiar con una contradicción profunda que quizás haya sido el centro de la vida de Susan Sontag. Lo más lamentable, sin embargo — no: lo que más nos deja perplejos, lo más desconcertante — es que la propia Susan Sontag no haya lidiado con la cuestión.
ENLACES

El Mundo: La vida secreta de Susan Sontag
Susan Sontag: The Making of an Icon (extractos en inglés)


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