Género

Che ¿vos te diste cuenta que sos una mujer?
Parte 2: Vivir en la frontera
Un cruce permanente de los límites.

Por Fabiana Tron


Butches. Foto: Alice Austen

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Lecturas
Gloria Anzaldúa: La Frontera / Borderlands. Consortium Book Sales and Distribution, 1999.

Kate Bornstein: Gender Outlaw: On men, women, and the rest of us. Nueva York: Routledge, 1996.

María Cecilia Cangrano y Lindsay Dubois: De mujer a género; teoría, interpretación y práctica feminista en las ciencias sociales. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, 1993.

Lillian Faderman: Odd Girls and Twilight Lovers: A History of Lesbian Life in Twentieth Century America. Nueva York: Columbia University Press, 1991.

Judith Halberstam: "Masculinidad sin hombres". Revista de Género en la Red. Annamarie Jagose entrevista a Judith Halberstam sobre su último libro.

Elizabeth Kennedy y Madeline Davis: Boots of Leather, Slippers of Gold: The History of a Lesbian Community. Penguin, 1994.

Zachary I. Nafaf: "Lesbians Talk Transgender". Scarlet Press, 1996.

Gayle Rubin: "Of Catamites and Kings: Reflections on Butch, Gender, and Boundaries". The Persistent Desire: A Femme-Butch Reader. Boston: Alyson, 1992.

13 NOV. 2003. Butch, que en su acepción común es viril o varonil, es un término tomado de las comunidades lésbicas norteamericanas, que comenzó a ser usado en la década del '50. Creo que el término local que más se adecúa es el que se utiliza socialmente en sentido despectivo: marimacho. Es utilizado para designar a lesbianas que se sienten más cómodas con códigos de género, estilos o identidades masculinas que con estilos femeninos.

Butch, y su contraparte femme, son categorías importantes dentro de la experiencia lesbiana, y como tales han acumulado múltiples capas de significación.

Lilian Faderman, en "Chicas raras y amantes a media luz", un libro muy interesante que da cuenta de la historia del lesbianismo en Estados Unidos hasta la década de los '90, menciona que, de repente, un gran número de mujeres empezó a juntarse y que lo que ellas habían observado, antes de decidir vivir como lesbianas, no era otra cosa que la heterosexualidad.

Si bien las primeras mujeres profesionales que entablaron relaciones percibían las ventajas de un "matrimonio" de iguales, el mundo en el que vivían las mujeres de clase trabajadora no les proporcionaba ningún indicio de tales beneficios. Para ellas una pareja funcional estaba compuesta por individuos dicotómicos, que si no eran mujer y varón tenían que ser femme y butch.

Faderman incluye, en ese libro, el testimonio de una butch que dice lo siguiente: "El problema era que los únicos modelos que teníamos para nuestras relaciones eran los tradicionales masculino-femenino y estábamos demasiado ocupadas tratando de sobrevivir como para tener tiempo de crear roles nuevos para nosotras".

Elizabeth Kenedy y Madeline Davis, describiendo la comunidad lésbica de Búfalo entre los años 1930 y 1960, comentan al respecto que "estos roles tenían dos dimensiones: primero constituían un código de comportamiento personal, particularmente en las áreas de imagen y sexualidad. Las butch afectaban un estilo masculino, mientras que las femme aparecían como característicamente femeninas. Butch y femme también se complementaban mutuamente en un sistema erótico en el cual se esperaba que la butch fuera tanto la que hacía como la que daba: la pasión de la femme era la plenitud de la butch".

Algunas historiadoras, como Joan Nestle y Judy Grahn, al referirse a los '50 y '60, han sugerido que los roles y relaciones butch-femme no eran una imitación de la heterosexualidad, sino algo único en sí mismos, basados no en los modelos sociales y sexuales con los que todas las lesbianas habían sido educadas, sino en impulsos "naturales" (tales como la sexualidad butch y la sexualidad femme) o en conductas específicamente lésbicas. Judy Grahn ha sugerido que las butch no copiaban a los hombres sino que estaban diciendo: "esta es otra manera de ser mujer"; y que "lo que se aprendía en las subculturas lésbicas era a imitar a las tortas, no a los hombres".

Siguiendo a Rubin, yo considero que butch y femme son formas de codificar identidades y comportamientos que a la vez están conectados con y son distintos de los roles sociales standard para hombres y mujeres. Por eso para mí no perpetúan la heterosexualidad obligatoria.

¿Qué es una butch?
En este punto intuyo que no les ha quedado muy claro qué es una butch.

Categorizar implica limitar, cerrar, excluir: nada más alejado de mi intención. Así que al respecto diré, siguiendo a Rubin, que "el término incluye a personas con diferente rango de carga de 'masculinidad´". Incluye, por ejemplo, a lesbianas que no están interesadas para nada en las identidades de género de varón, pero que usan rasgos asociados con la masculinidad para indicar su lesbianismo o para comunicar su deseo de involucrarse en los tipos de comportamiento sexual activo o iniciador que en esta sociedad les están permitidos a los hombres, o son esperados de ellos. Incluye a mujeres que adoptan modas y maneras de ´varón´ como una forma de reclamar los privilegios o la deferencia usualmente reservada para los hombres.

Hay muchas maneras de ser masculina. Hay al menos tantas maneras de ser butch como maneras de ser masculinos para los hombres. En realidad, hay más maneras de ser butch, porque cuando las mujeres se apropian de estilos masculinos, el elemento del travestismo produce nuevos sentidos y significados. Las butches adoptamos y trasmutamos los muchos códigos disponibles de masculinidad.

A veces las lesbianas usan el término butch para designar solo a las mujeres más varoniles, pero igualar butch con mujer hipermasculina alimenta un estereotipo. Las butch diferimos ampliamente en cuán masculinas nos sentimos y, en consecuencia, en cómo nos presentamos. Algunas butch somos levemente masculinas, otras butch somos muy varoniles y algunos "drag kings" pasan como hombres.

También diferimos en cómo nos relacionamos con nuestros cuerpos de "mujer". Algunas nos sentimos cómodas estando embarazadas y teniendo hijos, mientras que para otras el sólo pensar en el componente femenino subyacente de la reproducción mamífera es totalmente repugnante. Algunas disfrutamos con nuestros pechos mientras que otras los desprecian. Algunas butches ocultan sus genitales y otras rechazan la penetración. Hay butches que aborrecen los tampones, debido a sus resonancias de coito, otras butches adoran ser cogidas. Algunas butches están perfectamente contentas en sus cuerpos femeninos, mientras que otras pueden estar en el límite de convertirse en transexuales.

Además, en cada cultura las formas de masculinidad son moldeadas por las experiencias y expectativas de clase, raza, religión, ocupación, edad, subcultura, y personalidad individual. En algunas culturas, la fuerza física y la agresión son las señales privilegiadas de masculinidad. En otras culturas, la masculinidad es expresada por la alfabetización y la capacidad de manipular números o textos. A algunas butches nos encanta adoptar las imágenes más idealizadas de varones que vemos en la sociedad: corteses, protectores, que encienden los cigarrillos, abren las puertas de los autos o apartan las sillas para que las mujeres se sienten. Esas imágenes que se ven solo en las películas.

La mayoría de nosotras disfrutamos combinando expresiones de masculinidad con un cuerpo femenino. Comparto con Rubin que "la coexistencia de caracteres masculinos con una anatomía femenina es una característica fundamental de la butch y es una señal lésbica altamente cargada, erotizada y llena de consecuencias".

Castigo feminista
Decir que muchas lesbianas se identifican con lo masculino tampoco significa que estamos "identificadas con los hombres" en el sentido político. Cuando el término "identificadas con los hombres" empezó a ser usado originalmente por el feminismo de comienzos de los '70, no denotaba nada sobre la identidad de género. Describía una actitud política en la cual miembros de una categoría de personas generalmente oprimidas (mujeres) no son capaces de identificarse con su propio interés como mujeres y en cambio se identifican con las metas, políticas y actitudes beneficiosas para un grupo de, generalmente, privilegiados opresores (hombres). Aunque esas mujeres eran a veces butch o masculinas en su estilo, también podían, con igual facilidad, ser femme o femeninas.

Una manifestación típica de la identificación con los hombres en este sentido consistía en el apoyo a los privilegios masculinos tradicionales por parte de mujeres heterosexuales muy femeninas. Algunas de las mujeres de derecha femeninas cuyos objetivos políticos incluyen el reforzamiento de la autoridad masculina en las familias convencionalmente constituidas, podrían ser llamadas "identificadas con los hombres" (en Argentina conocemos varios de estos casos).

Lo que quiero remarcar aquí es como algunas terminologías han servido a confundir posiciones políticas con identidades de género. Una butch fuertemente masculina no necesariamente va a identificarse políticamente con los hombres. Judith Halberstam aporta algo más en este sentido cuando dice que el efecto del término "identificadas con los varones" se formó para castigar a la mujeres gays más visibles y fuera del closet por su masculinidad y condujo a que el feminismo fuera el estudio de la "femineidad".

En la Argentina en los años '80, década en la que me asumí como lesbiana, era común ver en el ambiente lésbico estas expresiones de butch y femme. Entiendo que, en parte, porque resultaba la forma más fácil de pasar desapercibidas, o sea, de pasar como una pareja hetero. Progresivamente, esas identidades se fueron desdibujando y hoy por hoy las lesbianas butch, somos mayoritariamente mayores de 35 años. Hemos asistido a una uniformización de la expresión de género de las lesbianas, que se están asimilando al modelo de femineidad que les presenta el sistema, situación que me resulta preocupante. Entiendo que, en parte, tiene que ver con la propia lesbofobia internalizada de las lesbianas, en parte a la falta de discusión sobre estos temas en las comunidades lésbicas locales y también a la falta de conciencia de la opresión que el sistema patriarcal y capitalista ejerce sobre nosotras.

A modo de conclusión
Los roles butch-femme de los '50 en Estados Unidos y de los '70-'80 en la Argentina tuvieron sus costos, como por ejemplo la obligación para cada lesbiana de elegir un rol, las formas en que estos roles reforzaban el estatus binario de las femme y las frustraciones sexuales a menudo experimentadas por las butch.

Sin embargo, creo como Rubin que las condenas a las identidades butch o femme han empobrecido y empobrecen todavía en nuestro contexto local la comprensión de las experiencias y modelos de género lésbico. También han producido mucha intolerancia.

A la discriminación que sufrimos por parte de la sociedad, las lesbianas butch hemos tenido que sumarle la de nuestras propias compañeras lesbianas, muchas de las cuales, debido a que nuestro aspecto es leído inmediatamente como torta, no quieren salir a la calle con nosotras por temor a que se las identifique como lesbianas; otras no quieren saber nada con nosotras porque dicen que a ellas "les gustan las mujeres, si quisieran estar con un hombre buscarían uno de verdad".

También hemos sido discriminadas por algunas feministas que nos consideran traidoras a la causa, residuos nocivos de la opresión patriarcal, y que pretenden tener la certeza de lo que una lesbiana es o no es, sosteniendo muchas veces posiciones esencialistas y cuasifascistas.

Creo al igual que Rubin que:

"Nuestras categorías son importantes. No podemos organizar una vida social, un movimiento político ni nuestras identidades y deseos individuales sin ellas. El hecho de que las categorías invariablemente tengan filtraciones y que nunca puedan contener todas las 'cosas existentes' relevantes no las hace inútiles, solo limitadas. Categorías como butch, lesbiana o transexual son todas imperfectas, históricas, temporarias y arbitrarias. Las usamos y ellas nos usan. Las usamos para construir vidas con significados y ellas nos moldean en formas históricamente específicas de ser personas. En vez de pelear por clasificaciones inmaculadas y límites impenetrables, creo que deberíamos esforzarnos por construir una comunidad que entienda la diversidad como un regalo, que vea las anomalías como preciosas y que trate a todos los principios básicos con una robusta dosis de escepticismo".

Sigo nombrándome lesbiana, aunque siento que esa categoría no me abarca totalmente, porque entiendo que el concepto "lesbiana" es un término que consiste en concebir al sujeto social de modo que exceda, que sea otro, que sea autónomo de las categorías de género hombre y mujer. Esa concepción tiene para mí una carga política muy fuerte.

Aquí en la Argentina, la categoría lesbiana sigue siendo peligrosa y tiene una función poderosa que cumplir en la subversión de las estructuras sociales del patriarcado; la cuestión no es solamente demostrar que las lesbianas existen como identidad, sino más bien que las lesbianas tienen una lucha en común con otras personas que son subversivas porque perturban el sistema de géneros monolítico.

Lesbiana, torta, marimacho es también cómo soy leída cada día cuando abro la puerta de mi casa, por eso es el lugar desde donde resisto cotidianamente; pero mi concepción de lesbiana butch transgenérica significa posicionarme en el lugar que Teresa de Lauretis denominó "sujetos excéntricos".

Es una posición de resistencia y de acción que debe ser aprehendida conceptual y experimentalmente desde afuera o superando el aporte sociocultural de la heterosexualidad. Una posición que implica, según De Lauretis, "un desplazamiento, una des-identificación con un grupo, una familia, el propio yo, un ´hogar´ que implica la exclusión y la represión de cualquier ideología de lo mismo, e implica un corrimiento de los puntos de comprensión y de articulación y un autodesplazamiento: dejar o renunciar al lugar que es seguro, es decir al ´hogar´, física, emocional, lingüística y epistemológicamente, por otro lugar que es desconocido, riesgoso, desde el cual el hablar o el pensar, [la vivencia del cuerpo], son tentativos, inseguros y no están garantizados". Es un cruce permanente de los límites.

Creo que lo que todas las personas transgénero compartimos es el sentimiento de extranjería, por eso quiero terminar con un poema de Gloria Anzaldúa, que expresa maravillosamente lo que significa este cruzamiento de los límites, esta extranjería.

La nueva mestiza
Vivir en la Frontera significa que tú
no eres ni hispana india negra española
ni gabacha, eres mestiza, mulata, híbrida
atrapada en el fuego cruzado entre los bandos
mientras llevas las cinco razas sobre tu espalda
sin saber para qué lado volverte, de cuál correr;

Vivir en la Frontera significa saber
que la india en ti, traicionada por 500 años,
ya no te está hablando,
que las mexicanas te llaman rajetas,
que negar a la Anglo dentro tuyo
es tan malo como haber negado a la India o a la Negra;

Cuando vives en la frontera
la gente camina a través tuyo, el viento roba tu voz,
eres una burra, buey, un chivo expiatorio,
anunciadora de una nueva raza,
mitad y mitad -tanto mujer como hombre, ninguno-
un nuevo género;

Vivir en la Frontera significa
poner chile en el borscht,
comer tortillas de maíz integral,
hablar Tex-Mex con acento de Brooklyn ;
ser detenida por la migra en los puntos de control fronterizos;

Vivir en la Frontera significa
que luchas duramente para
resistir el elixir de oro que te llama desde la botella,
el tirón del cañón de la pistola,
la soga aplastando el hueco de tu garganta;

En la Frontera
tú eres el campo de batalla
donde los enemigos están emparentados entre sí;
tú estás en casa, una extraña,
las disputas de límites han sido dirimidas
el estampido de los disparos ha hecho trizas la tregua
estás herida, perdida en acción
muerta, resistiendo;

Vivir en la Frontera significa
el molino con los blancos dientes de navaja quiere arrancar en tiras
tu piel rojo-oliva, exprimir la pulpa, tu corazón
pulverizarte apretarte alisarte
oliendo como pan blanco pero muerta;

Para sobrevivir en la Frontera
debes vivir sin fronteras
ser un cruce de caminos.

Fabiana Tron coordina "Desalambrando", un programa de prevención de violencia doméstica para lesbianas en Buenos Aires.

María Luisa Peralta tradujo del inglés el poema de Gloria Anzaldúa.


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