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Vodeviles negros
En Nueva York, uno se aplaude, el otro se censura.
Por Ana Simo


Mugabe

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3 ABRIL 2006. Al día siguiente del primer aniversario de la masacre del 11 de septiembre de 2001, un grupo de destacados concejales de Nueva York agasajó, cerca del cráter que atestiguaba del desplome de las Torres Gemelas, a un hombre que estaba matando de hambre, torturando y asesinando a sus propios compatriotas. Una foto los inmortalizó en un salón del Ayuntamiento de Nueva York: el jubiloso dictador de Zimbabwe, Robert Mugabe, rodeado por un grupo de concejales negros neoyorquinos. Todos sonreían de oreja a oreja, como si Mugabe les hubiese estado contando chistes.

En mis seis años como co-editora de The Gully, ésa es una de las imágenes que se me han quedado más grabadas en la mente, la de un asesino enmarcado por esas caras risueñas. Eran ésas las caras de la arrogancia estadounidense, de esa ignorancia intencional del mundo que, indudablemente, ayudó a precipitar la catástrofe del 11 de septiembre de 2001 y su secuela actual.

Lo más indecente del caso es que la mayoría de los 16 concejales que adularon al dictador fueran afro-americanos y el resto latinos, excepto tres (el solitario concejal asiático y dos blancos). Todos, excepto los dos blancos, eran miembros del Grupo Negro, Latino y Asiático del Concejo Municipal, que reunía entonces a 21 de los 51 concejales. Allí estaba codeándose con Mugabe el Concejal Hiram Monserrate, co-presidente de dicho Grupo. El evento se anunció de manera ambigua, de modo que pareció ser un homenaje oficial del Grupo a Mugabe. No me debería haber sorprendido, un par de años más tarde, que muchos en la comunidad latina apoyasen el nombramiento del defensor de la tortura, Alberto Gonzales, al puesto de Ministro de Justicia de los Estados Unidos. Después de todo, él también es de los nuestros. Igual que Mugabe.

Cuando el New York Times publicó al día siguiente la noticia y la foto del homenaje a Mugabe, los concejales que no habían asistido cerraron filas con pocas excepciones, esquivaron a la prensa y en general, rehusaron criticar a sus colegas admiradores de Mugabe, sobre todo al instigador del evento, el concejal de Brooklyn Charles Barron.

Zimbabwe bajo Mugabe
• Genocidio de los ndebele: más de 20,000 muertos (década de 1980)
• Tierras "redistribuidas" a parientes y compinches políticos; opositores hambrientos
• Arresto y hostigamiento de periodistas
• Expulsiones forzosas dejan a 700,000 personas sin hogar
• Opositores encarcelados y perseguidos

Por su parte, las cientos de organizaciones negras, latinas, gays y demás organizaciones comunitarias y de derechos civiles y humanos que florecen en la ciudad de Nueva York permanecieron en su inmensa mayoría en silencio, como si fuese irrelevante o tabú el denunciar que se hubiese recibido con los brazos abiertos en el Ayuntamiento a un tirano africano negro que oprimía a los africanos negros, entre ellos a los que eran gay. Mugabe ya nos había llamado "peores que perros y que cerdos" y "pervertidos sexuales" y ya había inaugurado esa homofobia violenta y políticamente manipuladora que se ha extendido rápidamente a países vecinos como Uganda y que empeora cada día.

Este silencio casi total me dejó atónita. Aunque todas las violaciones de los derechos humanos en todas partes deberían preocuparnos a todos, uno supone que los grupos basados en la etnia o la identidad van a defender encarnizadamente a sus propios congéneres. Si no, ¿para qué existen?

El único grupo gay que reaccionó de inmediato fue el Proyecto Gay y Lésbico de Nueva York contra la Violencia (AVP): emitió un comunicado de prensa. Hablé a la mañana siguiente, el viernes 13 de septiembre, con Clarence Patton, funcionario de AVP. Aparte del comunicado de prensa, me dijo que había tratado de ponerse en contacto telefónico con uno o dos de los organizadores del evento, pero que ninguno le había devuelto las llamadas. Le pregunté que qué otra cosa iba a hacer AVP. Esperaba que me dijese por lo menos que se iba a organizar una reunión de la comunidad gay, o que algún esfuerzo público se iba a hacer para educar y responsabilizar a los concejales enamorados del Sr. Mugabe. Patton me contestó: "Eso es todo. Ya acabamos con esto."

Esa misma noche, el 13 de septiembre, AVP, junto a varios otros grupos gay, protestó frente a un modesto bar gay de Manhattan contra un oscuro comediante llamado Chuck Knipp. Éste, un hombre gay blanco, actuaba disfrazado de mujer con la cara pintada de negro. Un espectador negro que había visto su comedia la noche anterior la había considerado racista. La presencia de más de 50 manifestantes en la calle condujo a la policía a clausurar el bar por esa noche, cancelándose así el espectáculo.

El semanario neoyorquino Gay City News informó que la exitosa protesta se organizó en sólo unas horas, ya que el espectador en cuestión se había quejado a AVP esa misma mañana en que yo también había llamado. Una carta abierta en contra de Knipp firmada por más de 40 organizaciones gay/lésbicas fue enviada inmediatamente a todos los medios de comunicación y distribuida ampliamente por todos los canales de la comunidad gay, pese a que, aparentemente, ninguno de los organizadores de la protesta había visto el espectáculo de Chuck Knipp.

La indignación y la acción instantánea que provocó el anónimo Sr. Knipp, contrastan marcadamente con la indiferencia ante el homenaje a Mugabe y la complacencia con los oficiales electos que perpetraron ese desmán. Sin embargo, ambas tuvieron algo en común: fueron actos irreflexivos.

Knipp era un blanco fácil, después de todo. No hacía falta verlo actuar para juzgarlo. Con gente como Knipp, un silbato suena en nuestras mentes de activistas gay políticamente correctos, que nos ordena lo que tenemos que hacer. No hay ni que pensar. Yo conozco bien ese silbato. Lo he tenido implantado en mi mente desde hace décadas. Cada vez que repetimos como cotorras las líneas biempensantes que se supone que repitamos, la vocecita conformista que todos tenemos dentro, así como nuestros compañeros activistas, nos premian con sus felicitaciones. Cada vez, me cuesta trabajo superar mi condicionamiento pavloviano y pensar con cabeza propia.

En el caso de Knipp, los activistas sólo vieron la cuestión del racismo. Con el silbato sonando en contra de eso, pasaron por alto el valor primordial, tanto moral como político, que la libertad de expresión y la libertad artística tienen para los oprimidos, incluso para los oprimidos y difamados por motivo racial. Los activistas recurrimos cada vez más a la supresión del derecho a la expresión, sin considerar que si nos habituamos a silenciar al prójimo, incluso a quien sin lugar a dudas sostenga un discurso de odio, ello quizás se revire contra nosotros un buen día. No hay nadie más débil, socialmente, que nosotros, lesbianas, gays, transgéneros. Dado que se nos desprecia universalmente o que, en el mejor de los casos, se nos tolera aquí y allá por el momento, quizás sea prudente que nos reservemos el derecho a ofender sin arriesgar por ello la posibilidad de ganarnos la vida, ni nuestras vidas mismas.

La misma falta de reflexión que hizo a los activistas atacar a Knipp los hizo pasar por alto a Mugabe. Nos cuesta trabajo imaginar el mundo más allá de nuestro rinconcito activista-céntrico: para la mayor parte de la gente, organizar una acción acerca del remoto Zimbabwe es como planear un viaje a Marte. Comparado con el oscuro comediante Knipp, Mugabe y sus compadres locales eran un blanco más difícil. No porque fuese difícil enterarse de que el dictador había matado a más gente que los ataques del 11 de septiembre (una rápida búsqueda en Internet hubiese bastado para ello), sino porque no queremos exigirle mucho, ni muy a menudo, ni muy públicamente, a nuestros amigos del Grupo Negro, Latino y Asiático del Concejo Municipal.

Además, esos silbatos de activista injertados en nuestras mentes están programados ideológicamente para armar un escándalo si rompemos filas en materia racial o de identidad, o si albergamos alguna idea compleja sobre nuestras personas y sobre el lugar que ocupamos en este mundo. Sólo se nos permite ir hasta cierto punto y no más allá. El silbato sonó dos o tres veces, advirtiéndonos: cuidado, que ese tipo es un ex héroe anticolonialista; más vale pretender que no vino a Nueva York y que aquí no ha pasado nada: ¿para qué crearse uno problemas? Yo sé. Mis tímpanos me dolían de tanto silbatazo. Yo también me quedé callada.

Ser activista en piloto automático es ser miope, cuando no contraproducente. El mundo se ha estrechado súbitamente en esta era post-11/9. El "peor que perros y cerdos" de Mugabe quizás provoque un asesinato homofóbico en East New York o en Kampala. Los besitos a Mugabe en el Ayuntamiento de Nueva York bien pueden haber engendrado más asesinatos, torturas y violaciones en Zimbabwe, en vista del regodeo del régimen ante el visto bueno de nuestros sabios concejales. Lo menos que puede decirse es que el festejo fue un acto de complicidad con los numerosos y predecibles crímenes subsiguientes de Mugabe.

La historia está temblando bajo nuestros pies. La causa y el efecto no son lo que esperábamos. La primera víctima del nuevo reglamento contra la obscenidad de la Comisión Federal de Comunicaciones de EE.UU. no ha sido la expresión de opiniones racistas u homofóbicas sino un beso entre dos muchachas que la cadena WB eliminó de un nuevo programa de televisión. El silbato que nos hace saltar sin pensar o pensando en clichés, y que nos inculca holgazanería moral e intelectual, es un agente de descomposición del activista. Si seguimos escuchándolo, corremos un grave riesgo.


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