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Un hombre que el pueblo no eligió ha sido designado presidente... Y el pueblo no se lanza a las calles.

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Protesta solitaria. Tribunal Supremo. Washington, D.C., dic. 13. Steve Helber

Estados Unidos

Un silencio ensordecedor

por Ana Simo

27 DICIEMBRE 2000. Las elecciones presidenciales más sucias de los últimos cien años en Estados Unidos, una de las más sucias a nivel mundial en tiempos recientes, han provocado escasa reacción popular. La mayoría de los estadounidenses se han abstenido de expresar en público lo que sienten. Este silencio ensordecedor de todo un país mientras se pisotea a la democracia es el resultado más triste de estas elecciones.

Más que contemplar con admiración el que los tanques no hayan salido por los Main Street estadounidenses, como los engreídos medios de comunicación de este país le dicen a su público cautivo, lo que el mundo contempla, con incredulidad, es el sumiso estado de ánimo nacional.

Un hombre que el pueblo no eligió ha sido designado presidente de dedo por cinco políticos disfrazados de jueces supremos, apalanqueados por el gobierno de un estado controlado por el hermano del susodicho. Y el pueblo no se lanza a las calles. Esto nada más se ve en los Estados Unidos.

Quizás la culpa la tenga la indiferencia popular ante ambos candidatos presidenciales. Combinada con la avalancha de propaganda conformista y autosatisfecha que desencadenaron los medios de comunicación y los dos partidos políticos principales, instando a la gente al "patriotismo y la unidad" y al "saber perder con elegancia." A pocos segundos de la coronación judicial de George W. Bush, los animadores de las grandes cadenas de televisión nacional empezaron a coaccionar al público para que aceptase el resultado de las elecciones, por muy aborrecible que fuese. Un consejo escandalosamente impropio y politizado, que, además, nadie les pidió.

Este lavado de cerebro bipartidista no hubiese surtido efecto en la población, sin embargo, si no hubiese caído en un terreno fértil: el del respeto admirable que existe en este país por el imperio de la ley, las instituciones democráticas y la muy apreciada estabilidad.

El silencio ecuánime de la nación en estos últimos días se basa en la creencia de que mañana siempre será otro día: que habrá otras elecciones, otro fallo judicial, otra decisión congresional. Que siempre habrá otra oportunidad para reparar el mal que se haga hoy. Los estadounidenses saben que hasta ahora su democracia se las ha arreglado para equilibrar el conservadurismo profundo con la flexibilidad, la agilidad y el dinamismo. Los perdedores de hoy aceptan la derrota porque saben que quizás sean los vencedores de mañana. En la política estadounidense, la pérdida no es nunca total.

supreme courtSegún una encuesta reciente, el 45% de los estadounidenses están inconformes con el resultado de las elecciones y el 40% piensan que George W. Bush no las ganó de manera legítima. No sólo creen, seguramente, que en aras de la unidad nacional bien vale la pena soportar la injusticia, sino que ésta ya se rectificará más adelante. Yo no estoy tan segura ni de una cosa ni de la otra.

El juicio político de destitución del Presidente Clinton, hace dos años, ya fue una manipulación inmoderada, por no decir abusiva, de los poderes constitucionales del Congreso. Ahora, la instalación de Bush, hijo, en la Casa Blanca por fíat judicial politizado e intervención de un gobierno estatal es un golpe muchísimo más peligroso a esas mismas instituciones democráticas que se le pide a los ciudadanos que protejan con su silencio obediente.

El que calla otorga. Y al consentir a una presidencia ilegítima, una que no es producto de elecciones democráticas, los estadounidenses, empeñados en mantener la paz a toda costa, quizás le estén enviando sin querer un mensaje de impunidad a su cada vez más corrupta casta política: el mensaje de que éstos pueden hacer lo que les de la gana.

Sospecho que la historia no va a dejar bien parados a los dos partidos políticos principales. Los republicanos han perpetrado tanto el intento de destitución de Clinton como la usurpación de Bush. Los demócratas han sido los facilitadores. Si su candidato presidencial, Al Gore, no hubiese pretendido borrar los últimos ocho años, incluidos los excesos de la abortada destitución y el exagerado episodio de la becaria Mónica Lewinsky, el descarado escamoteo actual del poder no se hubiese producido.

El daño está hecho. No hay manifestación en enero que lo deshaga, ni mucho menos lucha política en febrero. Pronto va hasta a ser de mal gusto mencionar la ilegitimidad de Bush. El pragmatismo se impondrá: se criticará a Bush por sus políticas derechistas y no por su origen ilegítimo. Sin una oposición que mantenga la cuestión viva, el país se olvidará y Bush se autolegitimará con sólo vivir en la Casa Blanca. El proceso ya ha empezado.

Yo antes dormía tranquilamente todas las noches, confiada en la renombrada resistencia de la sociedad y el sistema político estadounidenses, sabedora de que al despertarme los iba a encontrar allí, intactos. Ya no.

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